teatro y abogacia
Más de un abogado se ha planteado alguna vez asistir a clases de teatro, sea por decisión propia (de “oficio”) o aconsejado por alguien. No descubro nada nuevo si digo que el ejercicio de la abogacía nos enfrenta muchas veces a situaciones en la que estamos expuestos a un concreto público, sea en un tribunal, en la consulta o al negociar con otros abogados.  Además, esta profesión tiene un componente camaleónico que nos lleva a mutar de piel como quien se cambia de camisa. Así lo que un día defendemos con un fervor desorbitado al siguiente es lo más “pecaminoso” que existe…

Sea por nuestra continúa búsqueda de la verdad subjetiva o por simple placer, lo cierto es que participar en actividades teatrales dentro del mundo legal es más habitual de lo que parece. De hecho, basta con preguntar a nuestro entorno para constatar que existe un número creciente de letrados que se atreven a profundizar en las artes escénicas (entre los que me incluyo).

Resulta evidente la correlación entre los recursos y el entorno del teatro con la abogacía. Se trata de una realidad que sólo fui capaz de reconocer en la medida que me adentraba en las técnicas de formación actoral.  Por eso mismo aconsejo a mis compañeros a que lo intenten ya que poco a poco verán cómo mejoran algunas capacidades que utilizamos en nuestro día a día:

  • Hablar en público. No es que haya tenido algún reparo antes pero han contribuido decididamente a desenvolverme mejor. Por ejemplo, minorando hasta casi la desaparición cualquier ansiedad en las horas previas a un juicio.
  • Improvisación. Si hay algo que asusta a todo abogado son las sorpresas de última hora. Ni que decir cuando esto nos pasa en medio de una vista. Por eso mismo verme envuelto en ejercicios de improvisación prácticamente cada semana con roles completamente diferentes me ha servido para reaccionar mejor a lo imprevisible. No es que no me sorprenda ya sino que no caigo ni en pánico ni en inmovilismo.
  • Claridad en la transmisión de ideas. La continúa necesidad de ponernos en la posición del espectador (en todas las clases hay público) ha terminado por forjar un lenguaje verbal y corporal claro apoyado en una correcta entonación. Es evidente la utilidad de esto en el mundo legal donde siempre se trata de persuadir antes de ser persuadido.

Con lo anterior no quiero decir que el teatro sea imprescindible para todo abogado -aunque la oralidad de prácticamente todos los procesos judiciales quizá lo imponga- ni que deba elevarse a asignatura obligatoria. Insisto en que es una fuente de recursos que podemos utilizar para ser mejores profesionales y, por qué no, para obtener mejores resultados en la gestión de nuestros clientes que es, en definitiva, lo que todos de un modo u otro buscamos.

Sergio Japaz
Socio Director

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